Colombia al cine

agosto 16, 2008 at 4:16 am (Lo Terrenal)

Para enaltecer las maravillas del cine,  glorificar sus posibilidades y vanagloriarse de su propia genialidad, ya cientos de cineastas y críticos han usado las más perfectas y especificas frases y aun hoy otros tantos hacen referencia a ellas para sumar a sus propias explicaciones, otras con las que pretenden dejarnos claro que el séptimo arte es la cúspide de la expresión humana pues reúne a todas las demás dentro de ella. Que la pintura, la arquitectura, la literatura, la música, la escultura y la danza, se condensan para dar luz a un nuevo arte que además de juntarlas, las usa para producir una nueva realidad que sacude la nuestra y que saca a relucir sin mayores esfuerzos los sentimientos mas aferrados del hombre cada vez que lo enfrenta a su propia realidad. Ya Diego Rojas, hizo referencia a todos estos “poetas cineastas”, razón por la que no citaré nuevamente las frases a las que estamos acostumbrados, porque ya se ha entendido que un verdadero amante del cine se ciega ante la magia absoluta de este arte y conoce de antemano todas sus bondades.  Así inicia Rojas su articulo “Cine Colombiano: uno se mira para verse” convenciéndonos de lo fabuloso que es el cine, compilando muchísimas frases y despreciando un poco otros grandes inventos como el periódico, la radio y la televisión.

Pero claro, nos encontramos frente a un invento generador de una revolución cultural de la que sólo intelectuales del cine creen saber sus verdaderas dimensiones. Hablamos de un invento que guarda vigencia dentro de su propia caducidad; que está cargado de patrones culturales de poblaciones, épocas y mentes, razón por la que una película se convierte en un registro histórico de una sociedad; un invento que además logra encarar al ser humano ante si mismo, valiéndose de sus más oscuros sentires y más inalcanzables sueños. Como si fuera poco crea un nuevo mundo de probabilidades absurdas que no son más que el aflorar de los deseos humanos y que varían dependiendo de la idiosincrasia del realizador, que se convierte en representante de los ideales que guarda su pueblo y su momento. Esto tratando de ser realistas, sin desconocer que el cine trasciende con gran ventaja los limites de la realidad que pretende reproducir. Pero desde otro punto de vista, uno más creativo, nos hallamos en una perspectiva que nos muestra un invento capaz de manipular tiempo y espacio; que nos lleva a lugares inimaginados, nos muestra el mundo desde ángulos imposibles.

Para aludir a esta reseña me quedo con lo primero, el reflejo de los ideales de una cultura, para entrar a esbozar el cine colombiano según el artículo de Rojas. Esta revolución llega al país a través de los hermanos Di Domenico, que después de tener un exitoso fracaso con la reproducción de la muerte del General, héroe de guerra, Rafael Uribe Uribe se dedican a la exhibición y distribución de filmes, pero que en 1915 hacen nuevas filmaciones bajo el nombre de noticieros, sin conseguir exhibir un filme “mas elaborado”.   Llega también a explorar tierras colombianas el camarógrafo de los Lumiere, Gabriel Veyre, que proyecta en Cali algunas “vistas” de su estadía por el país. Luego, en 1907 comienza la proyección de algunos filmes hecho en Colombia gracias a la Compañía Cronofónica, dentro de los cuales se incluyen algunos del italiano Floro Manco. Durante esta primera época del cine colombiano se recurría al registro directo por lo que el público esperaba informativos, imágenes de paisajes o eventos culturales. Colombia empezaba a verse a si misma cara a cara, mientras que otros países ya creaban sus códigos de narración cinematográfica, bajo los lineamientos de la dramaturgia y la literatura universal, previendo a su vez los alcances de este invento, la ciencia y la tecnología se pusieron a disposición del cine.

Con las condiciones propicias, entiéndase económicas y culturales,  para la entrada triunfal de la ficción a nuestras mentes, comenzó en Colombia el desarrollo del drama en la pantalla gigante, las historias colombianas empezaron a tener su espacio dentro de este arte en gestación.  En este trayecto que recorre el cine colombiano, pasamos por logros como la inclusión del sonido en el cine, de equipos portátiles dejados por la segunda guerra mundial  pero también por momentos difíciles como recesiones económicas, guerras y los cambios políticos a los que constantemente Colombia estaba (está) atada y que afectan el desarrollo de cualquier idea.  Sin embargo y me llama la atención, dentro de esta historia pocas fueron las intenciones de igualar el cine extranjero, a pesar de que el gobierno colombiano haya dispuesto leyes para apoyar la producción cinematográfica en el país. Por el contrario y como ya es costumbre para nosotros los colombianos, los ideales de la industria empezaron a dividirse y contraponerse, es entonces cuando surgen dos vertientes: los realizadores que apuntaban a un cine para el publico, entretenido y comercial; y los realizadores que buscaban enmarcar movimientos políticos. Sin embargo esta confrontación logra desembocar en la creación de conceptos dentro de la industria cinematográfica colombiana; el cine comercial y el cine independiente, además de que el cine colombiano comenzaba a entender y a apropiarse de las bondades de este arte.  

 

Cuando este embrollo mental, del que hablaba al inicio de la reseña, empezaba a ser digerido tanto por los espectadores como por los realizadores, se inicia un desarrollo del cine colombiano en todos los sentidos: hablamos de reconocimiento, apoyo, evolución tecnológica, pero lo más importante, empezaba a hallar su propia forma y su propio concepto (que sigue en camino).

Que aun siendo un bosquejo, muestra de modo muy explicito la esencia colombiana. Las historias marcadas por los traumas que ha soportado este país y a su vez la personalidad del colombiano, bajo la dirección de realizadores colombianos  que se también atrevieron a romper esquemas y a hacer uso de todas las alternativas  a su alcance. Y detrás de ellos una “chusma enardecida” de jóvenes enloquecidos por el cine que atiborran ahora las universidades porque han sido tocados por la magia del séptimo arte, conocen su magnitud y saben que la mejor forma de dejar estampada su huella imperecedera en la historia es a través de una buena película.

 

(Aunque no tiene que ser buena necesariamente)

 

 

 

 

Reseña del articulo de Diego Rojas: Cine colombiano: uno se mira para verse.

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¡Viva la Revolución!

agosto 16, 2008 at 4:02 am (Lo Terrenal)

“El descubrimiento de América y la circunnavegación de África ofrecieron a la burguesía en ascenso un nuevo campo de actividad (…) imprimieron al comercio, a la navegación y a la industria un impulso hasta ahora desconocido, y aceleraron con ello el desarrollo del elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición”  (Karl Marx, Manifest der Kommunistischen Partei).

Así comienza la historia de las injusticias en todo el mundo, de las desigualdades económicas y por ende, sociales y culturales, y entre las cuales el tiempo  ha alargado  más la distancia. Pero nace también en el fondo de muchos inconformes o de otros solidarios el sentimiento rebelde que busca poner fin a las atrocidades que cometen quienes poseen el poder sobre un pueblo indefenso. Esta también es la historia de América Latina, un continente que desde su “descubrimiento” por parte de los europeos ha estado ligado a un pasado de luchas que aun no termina. El siglo pasado que fue para el mundo entero un siglo de cambios importantes en todo sentido; de descubrimientos, tecnología, filosofía, nuevas formas de arte etc. fue un siglo marcado por revoluciones de gran magnitud que significaron un giro de pensamiento para los latinos.

Hablando de revolución, quiero no sólo hablar de los sucesos histórico-políticos por los que atravesaron Argentina y Chile durante los sesentas, sino de la renovación filosófica a la que se vieron obligadas a atravesar estas dos naciones para salir “victoriosas” (término superfluo para indicar que la etapa terminó) del momento por el que atravesaron gracias al levantamiento de una voz que nunca había sido escuchada, la del pueblo. Son situaciones distintas; mientras que en Chile la disputa era meramente entre partidos (derecha e izquierda), la situación de Argentina era un poco más compleja. El país abría los ojos ante una dura y cruel realidad. La falsedad. Los ideales eran completamente erróneos e iban en contra de todo lo que se puede llamar verdadera civilización. La burguesía argentina se empecinaba en llenar el país de blancos sajones, para lo cual el argentino autóctono era simplemente desaparecido por los dueños del poder. Algo civilizado era sinónimo de europeo, y lo popular debía ser exterminado, Argentina estaba acabando con ella misma, se estaba convirtiendo en un remedo de los modelos europeos de vida. Pensamientos militares gobernaban la republica, la historia había sido dispuesta para engañar al pueblo detrás de ideales racistas y los pueblos hermanos daban drásticos cambios que buscaban liberarse del yugo que imponían las leyes del primer mundo. Los sesentas, es un despertar de ideas frescas y rebeldes cuyo único fin era tener un contacto directo con la realidad del país y de hecho, crear una nueva realidad para el mismo.

La revolución entonces no era una opción, se necesitaba. Quienes tomaron la bandera fue un grupo de intelectuales marginales, que se enfrentaban al difícil desafío de liberarse del futuro que empezaba a esbozarse para Argentina. Empieza la revolución, no la armada sino la intelectual. 

Chile por su lado atravesaba por el cambio de gobierno de derecha a izquierda, Allende traía ideas bastante liberales motivo suficiente para que los burgueses se volcaran en contra del pueblo chileno, atropellándolo con crímenes y dejando a su paso sangre de por medio.  Las calles estaban llenas de manifestaciones, gritos, disputas, carteles. Quejas que se vuelven protestas, y protestas que se convierten en rebeliones. Era una situación talvez un poco más fuerte que la de Argentina de modo tangible.

El poder es intelectual,  no político.

 

Entendemos la política como “el ejercicio del poder”. Cito la definición de Karl Schmitt que mira la política “como juego o dialéctica amigo-enemigo, que tiene en la guerra su máxima expresión”  o según Maurice Duverger la política es “la  lucha o combate de individuos y grupos para conquistar el poder que los vencedores usarían en su beneficio”. Sin embargo existen otras definiciones menos bèlicas, que ven en la política el poder para obrar a favor de una comunidad. Dos distantes ilustraciones de poder. Resumiendo podríamos afirmar entonces que la política, en nuestros días, se constituye como el proceso por el cual alguien llega al poder, lo retiene y lo ejerce con “algún” fin.

 

Termina siendo la concepción de política, todo, menos el procurar el beneficio de un pueblo, dejando a un lado pensamientos de derecha o de izquierda se reduce al manejo del poder. Pero nos encontramos con un poder sin destino alguno, del que todos se quejan, sistemas autoritarios que destruyen pueblos y personas, crean caos y desacuerdos, y es entonces cuando alguien entre tanta injusticia decide intentar poner alto al asunto. Es así como de grupos marginales se generan movimientos que buscan un mejor manejo del poder.

Rebeldes revolucionarios

A este grupo de jóvenes contestatarios cuyo único sentido era la utopía, y que bajo ella tenían vía libre para actuar a su antojo, quisiera llamar rebeldes revolucionarios. Rebeldes porque desde la base de la sociedad empiezan a mover el pensamiento de las masas, a despertar su conciencia. Y revolucionarios porque definitivamente cuyo principal objetivo era hacer un fuerte reclamo a los dirigentes de la época, el revolucionario busca transformar el poder. Su principal herramienta era el arte.

Estas mentes hijas del caos y el desorden, que creían firmemente en la libertad del pensamiento, hallaron en el cine, el camino perfecto para sacudir a la sociedad y hacer eco en la conciencia de la gente. Con la posibilidad de hacer cine comercial o de ficción, el compromiso debía ser político, conociendo los efectos que hacen los medios de comunicación en las masas. Es así como Fernando Solanas por Argentina y Patricio Guzmán por Chile, (por mencionar quienes son nombrados en la lectura) deciden generar controversia con sus obras audiovisuales sabiendo los riesgos que trae tener ideas revolucionarias.  Nos dejan como registro histórico los trípticos “La Hora de los Hornos” y “La Batalla de Chile”. A este movimiento se le conoce como cine liberación, cuyo nombre no deja dudas en sus espectadores. Fernando Ezequiel Solanas nos propone  un documental que según él rompe los esquemas, y se valía de todos los recursos posibles para agitar y provocar pero sobre todo llegar a la reflexión. Lo que sigue es una revuelta mental. Las proyecciones empezaron a hacerse masivas, y cada vez más eran las personas de distintas clases políticas, económicas, culturales y religiosas, las que se encaraban a la realidad de Argentina, hasta ahora oculta.

 

Para Patricio Guzmán, la situación no era menos compleja. Allende logra llegar al poder y con él ideas izquierdistas, por lo que la burguesía estalló en furia y crímenes en contra del pueblo chileno. Por esas épocas Patricio Guzmán estaba terminando sus estudios en la escuela de cine de Madrid, situación propicia para que el cómo chileno instalado en otro país pudiera aprender sobre la historia de su país y la política mundial, cosa que lo llevó a replantear sus ideas políticas. A su regreso a Chile se encontró con un país en caos, la gente en las calles demandaba sus derechos, manifestaciones de derecha, de izquierda, de personas inconformes. Idea: un documental sobre la revolución en Chile. Así nace, La batalla de Chile. Una obra que le significaría el exilio a Guzmán, momentos de sufrimiento, miedo y censura.

 

Para ambos el estilo del documental es militante, que tras la queja persigue la reflexión y la transformación. Y la reacción no se hizo esperar, el sistema empezaba un retroceso y el cambio de pensamiento iba en avance.  Sin embargo como era de esperarse, las injusticias no cesaron, siguieron periodos duros para ambos países y hoy en día las luchas entre derecha e izquierda continúan. La idea utópica de que el arte va a revolucionar el mundo, sigue vigente pero muy a mi pesar sigue siendo utópica. Nadie afirma que un par de películas hayan cambiado la historia política de estos países, sin embargo el gran aporte del cine liberación es el descubrimiento de del poder escondido que hasta entonces el cine guardaba, la crítica política. Y que de seguir haciendo películas criticas, fuertes y duras con el sistema que falla, habrá también un despertar revolucionario  en las masas que aun permanecen dormidas.

Pero, ¿ahora quien tiene el poder? Los momentos de revolución y caos ya pasaron, pero los filmes no. Los ideales de aquellas épocas han muerto en las cabezas de quienes los propiciaron, pero aunque mueran estos intelectuales las obras van a tener vida siempre, y cada vez que sean vistas por alguien, reinará sobre la realidad captada, la mirada de quien nos cuenta esta historia. Estos jóvenes intelectuales de los 60’s acaban dándole una “paliza” a la política con su arma más letal, el cine.

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